Los criterios de desarrollo urbano que rigieron el crecimiento de nuestras ciudades durante buena parte del siglo XX partieron de una premisa fundamental: que los traslados cotidianos se realizarían en automóvil. Este pensamiento consolidó en ciertos sectores la idea de que otras alternativas de transporte son, en el mejor de los casos, opciones secundarias. Hoy, frente a las externalidades negativas del uso excesivo del automóvil, se discute la validez de estas premisas y sus implicaciones económicas, ambientales y sociales. En planeación urbana suele decirse que el mejor viaje es el que no se hace: reducir la necesidad de viajar, mediante acceso remoto al trabajo o servicios, es una primera estrategia. Sin embargo, muchos viajes son inevitables, pues ocurren cuando una persona debe trasladarse para cubrir una necesidad: empleo, educación, comercio o entretenimiento. Cuando un viaje no puede evitarse, el siguiente paso es elegir el modo más adecuado. Ningún modo de transporte es por sí solo bueno o malo, pero sí existen modos que se ajustan mejor a ciertos tipos de viaje. Reflexionar sobre esto antes de salir es una de las mejores oportunidades para que cada persona cuestione si, teniendo opciones, está usando la más adecuada.
Autor: a|911
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